El ejemplo australiano

Australia es uno de los pocos países del mundo que obliga al uso del casco en sus vías urbanas. La política, aplicada a principios de los noventa, que criminaliza a los ciclistas que no llevan protección, solo ha sido copiada en Nueva Zelanda y en algunos estados de Estados Unidos. Israel intentó aplicar la normativa pero, tras cuatro años de prueba, decidió retirar la ley. Si ningún país del mundo apuesta por la obligación del casco, ¿por qué el Gobierno de España decide sacarse este as de la manga?

Texto: Pablo León para El País

La seguridad es un concepto maleable. Por un lado esta la percepción de que algo no entraña peligro y por otro, la peligrosidad real de las acciones. Así, la seguridad urbana tiene dos vertientes: una activa y otra pasiva. La seguridad activa incluye todas aquellas medidas que derivan en una disminución de los accidentes; evita que estos ocurran mediante la disminución de la velocidad de los automóviles o la creación de zonas con tráfico calmado. La seguridad pasiva se refiere a aquellas medidas que atenúan el daño de un accidente una vez que este ha ocurrido. El casco se incluye en este último grupo.

Tras la obligación de usar casco en Australia, la doctora Dorothy Robinson, de la Universidad de Nueva Inglaterra, realizó un estudio del impacto del uso del casco en la seguridad y en la movilidad. En sus conclusiones, afirmaba que “la obligatoriedad del casco desincentiva el uso de la bici y no produce una respuesta significativa en el descenso del daños en el cráneo”. Tras la aplicación de la norma la investigadora descubrió que mientras el uso del casco aumentó un 75%, los ingresos en hospitales por daños craneales en ciclistas solo disminuyó un 13%. “Algo efectiva es la medida”, pensará alguna mente inocente. Una idea que se diluye al comparar la cifra con los ingresos de peatones golpeados en la cabeza; había disminuido en una proporción semejante. Los viandantes, junto a los pasajeros de un automóvil, representan el principal colectivo con más riesgo de golpearse la cabeza en la vía pública, más aún que los ciclistas. Por ello la doctora Robinson concluyó que el descenso de daños craneales se debía a las campañas de seguridad vial y no al uso del casco.

Analizando las estadísticas de accidentes, se concluye que los daños en la cabeza en ciclistas urbanos no son tan comunes por lo que el casco no aporta protección mientras sí que tiene un efecto desincentivador. Además de eso, el casco aporta, como daño colateral, una falsa sensación de seguridad. Los ciclistas con cascos se sienten más seguros y realizan maniobras más arriesgadas mientras que los conductores, al ver a un ciclista protegido, pasan más cerca de su bicicleta con su automóvil al considerar, de manera inconsciente, que no les pueden causar tanto daño en caso de accidente.

Las bicicletas deben ir por la calzada con los coches.

La principal reacción a la obligatoriedad del casco fue un drástico descenso del número de ciclistas en las calles de Sidney, Adelaida o Melbourne, concretamente de entre un 30 y un 40%. Una reciente encuesta, elaborada por el profesor Chris Rissel de la Universidad de Sidney, desvelaba que un 23% de los adultos de la ciudad irían en bici si el casco fuera opcional.

“El respeto a los ciclistas aumenta con el número de bicis que hay en la ciudad”, concluía el urbanista Hudson en 1978. Dado que la obligatoriedad del casco disminuye drásticamente el número de ciclistas, su aplicación hace que los pedaleantes, al ser menos, sean más vulnerables. Por otro lado, la falta de ejercicio y la contaminación sesgan más vidas que los accidentes en bici sin casco.

Después de 20 años de aplicación, la obligatoriedad del casco ha demostrado ser un fracaso tanto para la seguridad como para el fomento de la movilidad a pedales. Su único resultado son las multas, el abandono de la bici y la prevalencia del automóvil en las calles. El casco en ciudad debe ser una elección, no una obligación.

¿Han leído algo de esto la directora de la DGT, María Seguí, y el ministro de interior? ¿Han hablado con expertos de Australia? ¿Han estudiado las estadísticas? O por el contrario se dejan llevar por la actitud paternalista que les lleva a pensar, desde el coche, que el ciclista va más seguro con un casco en la cabeza. Como seguramente estos estudios no habrán caído en manos de los políticos, ha surgido una propuesta para que se replanteen la medida. Esperemos que entren en razón.

Imágenes: elpais.com 

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