Apunte sobre el peatón

Un poema y una reflexión sobre el personaje urbano que somos todos…

[ Texto: Emmanuel Ordóñez Angulo para Transeúnte ]

Como cualquier escritor decente -o, en realidad, cualquier hombre decente-, Jaime Sabines era un caminante. Un “poeta sobre la tierra”. Sólo caminando la vida -no atropellándola, no sobrevolándola- se puede apreciar la poesía oculta en sus fisuras; y él la caminó mucho, producto, acaso, de su origen provinciano. En Tuxtla y en el DF, Sabines cultivó el placer del paseo y lo reprodujo en varios poemas de amor a la ciudad, de “reconciliación con la gran urbe”, en los que recoge sus impresiones sobre la vida citadina.

La poesía de Sabines es como esta ciudad: desigual y contingente. Hay partes buenas y partes malas, y puede pasar cualquier cosa. Es una celebración apasionada y, al mismo tiempo, una lucha constante con todo: con el deseo, con la muerte, con Dios. Dice Gabriel Zaid sobre estos baches: “hay algunos poemas de una inocencia infame, por ejemplo el que empieza: ‘Cantemos al dinero’. ¿Qué importa? Se pueden tirar cuatro quintas partes de la obra de Sabines y el resto sería aún (y quizá más) imponente”.

Con Sabines, se camina por la verdura del paraíso terrenal -o sea, el chiapaneco- igual que por la quietud del domingo defeño, y se les mira a los dos con la misma fascinación melancólica que los filósofos dictan y sienten para desempeñar su oficio. Porque eso es también la poesía: un oficio, y de eso y de la dignidad del oficio era consciente Sabines; por eso, no necesitaba otra cosa que el mostrador de la tienda donde trabajaba para escribir, ni otra cosa que sus piernas para recorrer las calles, ni otra que las palabras para ser feliz y miserable.

Esta dignidad es humildad, y es la misma que la del peatón, dueño legítimo de la calle. El peatón no necesita un coche para desplazarse: le estorba, es un peso sobre su libertad; y tampoco para ser respetado: para eso, se tiene a sí mismo.

El peatón es un texto sobre la ciudad, el esnobismo y la dignidad de quien se sabe suficiente -o no, pero no le importa-, reflexión muy necesaria en una sociedad en la que las apariencias, el espectáculo, son el único valor de uso y de cambio.

El peatón, de Jaime Sabines

Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.

Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!

Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?

¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.

¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.

Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.

Foto: elitedaily.com

A pie,
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